Martínez Ortega, Aileen Patricia. Clases verbales, transitividad y valencia verbal en el pjyɇkakjó, tlahuica de San Juan Atzingo

Sergio Bogard Sierra*

Cuadernos de Lingüística de El Colegio de México, 2017


No es mucho el trabajo que se ha hecho a propósito de la sintaxis de las lenguas indomexicanas. En efecto, la mayor parte de los estudios respectivos se han desarrollado entre el ámbito de la fonología, en su muy variada riqueza teórica, y, algo menos, en el plano de la morfología flexiva, que, dependiendo de la lengua, puede resultar un trabajo arduo y complejo, pero que siempre halla su motivo en la identificación de las reglas gramaticales que permiten dar cuenta del comportamiento, en especial, del verbo y del nombre, y constituyen la base para pegar el salto a la sintaxis.

Aileen Martínez Ortega nos entrega un libro cuyo título, Clases verbales, transitividad y valencia verbal en el pjyɇkakjó, tlahuica de San Juan Atzingo, nos sugiere una interacción entre la morfología flexiva, la sintaxis oracional y la semántica proposicional, que da por resultado un estudio sobre una lengua indomexicana, el tlahuica, como no ha sido frecuente verlo. Podemos decir, por el momento, que ha identificado y ordenado la rica y compleja conjugación verbal de esa lengua, pero no se ha detenido únicamente en mostrarnos los paradigmas flexivos correspondientes, producto que, por sí solo, no sería -para nada- poca cosa. También ha observado y descrito la manera como la flexión verbal se ajusta dependiendo de la estructura argumental del predicado correspondiente en la conformación del tipo de proposición que se materializará en oraciones transitivas e intransitivas, pero no solamente, sino también considerando en su análisis la repercusión semántica y pragmática de los participantes oracionales, en especial en las construcciones de incremento y disminución de valencia.

Con este antecedente, y asumiendo, por un lado, el hecho mencionado de que no abundan los estudios que de manera ordenada y sistemática den cuenta de la morfosintaxis de una lengua mexicana originaria, y por otro, la lamentable situación de que el tlahuica es una lengua en grave peligro de extinción, la investigación formalizada en el libro de Martínez Ortega, sustentado desde una perspectiva teórica funcional y tipológica, constituye una muy importante contribución al conocimiento de la morfosintaxis verbal, así como una introducción al estudio de la construcción de las oraciones simples de esa lengua, contribución que eleva su importancia en la medida de que, dado que los niños ya no la hablan, en un tiempo más bien corto su existencia dependerá de la vida de sus últimos hablantes.1 A este respecto, la autora nos dice más adelante (p. 51) que la situación del contacto entre el tlahuica y el español ha resultado sumamente desventajosa para la primera de estas lenguas, sobre todo si tomamos en consideración que la mayor parte de los tlahuicas menores de 50 años ya no la tienen como primera lengua, y, como consecuencia, la comunidad se ha vuelto, de hecho, hablante monolingüe de español, aun cuando algunos de sus miembros aún la entiendan. El objeto del libro es, en palabras de su autora, “presentar una descripción de la morfosintaxis del sistema de prefijación verbal del tlahuica”, y “abundar en los procesos de transitividad y cambio de valencia de esta lengua” (p. 15).

El libro está integrado por una Introducción, cinco capítulos, una Conclusión, un Anexo que contiene todas las bases verbales empleadas por la autora en el estudio, y las obligadas referencias bibliográficas y digitográficas. El capítulo 1 responde al título de “Características generales de la lengua tlahuica”, el capítulo 2, al de “Procesos fonológicos y morfofonológicos en la formación de los verbos tlahuicas”, el capítulo 3 se titula “Tipología morfosintáctica del tlahuica”, el capítulo 4, “Morfosintaxis básica de los verbos tlahuicas”, y el capítulo 5, “Transitividad y valencia en el tlahuica”.

En relación con el tema del capítulo 1, las características generales del tlahuica, la autora de entrada nos recuerda el hecho sabido de que el tlahuica, también llamado ocuilteco, es una lengua de la familia otomangue, en particular de la rama otopame, de la que forman parte el chichimeco, las lenguas pames y las subramas otomí-mazahua y matlatzinca-ocuilteco. Nos aclara, por cierto, que a los tlahuicas les molesta que se les designe con el término ocuilteco, y que el nombre con el que se autodesignan, y que es el mismo que le dan a su lengua, es pjyɇkakjó, que significa ‘lo que somos’ o ‘lo que hablamos’. Las comunidades tlahuicas se localizan en el Estado de México, en el municipio de Ocuilan de Arteaga, al sureste de Toluca y noroeste de Cuernavaca, y más específicamente en la carretera a Chalma, entre La Marquesa y el Santuario de Chalma. Se trata de cuatro localidades: Santa Lucía, Colonia Doctor Gustavo Baz, El Totoc y San Juan Atzingo.

Aunque el tema central del estudio es totalmente novedoso y original, uno que, desde mi punto de vista, destaca en el ámbito de la descripción de las lenguas originarias mexicanas es el que Martínez Ortega desarrolla en el capítulo 3, a saber, un esbozo sobre los rasgos tipológicos que caracterizan al tlahuica. Inicia resaltando un rasgo estructural que el tlahuica comparte con otras lenguas de la rama otopame, el hecho de que se trata de una lengua flexiva o sintética, como se podrá apreciar con claridad en el desarrollo y ejemplificación de los capítulos 4 y 5, que mostrarán la enorme y compleja riqueza de la conjugación verbal tlahuica.

Al referirse al alineamiento morfosintáctico que subyace a esta lengua, la autora encuentra que la lengua es, centralmente, nominativo-acusativa, y el argumento en que se basa para afirmarlo es que tanto el participante a como el participante s se realizan mediante prefijos en el verbo, mientras que el participante o se formaliza mediante sufijos, así como el hecho de que a y s pueden realizarse mediante el mismo pronombre independiente, en tanto que o, al parecer, no muestra una forma pronominal (pp. 109-112). Sin embargo, y como ya lo habían hecho notar Mallinson & Blake (1981), no es lo más frecuente el hecho de que una lengua se organice alrededor de un único sistema de marcación de participantes, y este, plantea Martínez Ortega, es el caso del tlahuica. En efecto, muestra, por un lado, que la predicación adjetiva se organiza de acuerdo con un patrón ergativo-absolutivo, y la distinción en la marca depende de si la oración presenta un predicado verbal o un predicado adjetivo. En el caso del predicado verbal (del tipo está enojado), el sujeto correspondiente se marca mediante uno de los afijos de las clases verbales intransitivas, es decir, de las clases iii, iv y v; en cambio, en el caso del predicado adjetivo (del tipo está bonita), el sujeto se realiza mediante el uso de los sufijos que marcan el participante transitivo o. Vemos, en consecuencia, que sPR.V se formaliza igual que a, en tanto que sPR.ADJ lo hace igual que o (pp. 112-114). Por otro lado, y finalmente, la autora observa también una pauta de alineamiento tripartita. A la luz de sus pocos ejemplos notamos que, si un verbo tiene sentido causativo o de accomplishment, es transitivo y su participante a se marca con los prefijos correspondientes, es decir, los de las clases i y ii, y el participante o con los sufijos respectivos ( tatuheš ‘lo hago estornudar’); en contraste, si ese mismo verbo tiene un sentido de actividad o semelfactivo ( tuteheš ‘estornudo’), es intransitivo y su participante s se marca con los prefijos correspondientes a las clases iii, iv y v (p. 118). Puede observarse que no ha sido poca cosa desentrañar el comportamiento formal de los participantes oracionales en tlahuica, y muy posiblemente haya conclusiones que cambiar, y aún más cosas que descubrir, pero esta información queda como un reto y como un ineludible punto de referencia.

La revisión de la autora a propósito del orden de constituyentes en el tlahuica la lleva a concluir que, dada la riqueza de los prefijos pronominales que marcan al sujeto, lo normal es que, en el caso de las oraciones transitivas, no aparezca un sujeto nominal que represente explícitamente al participante a, de modo que el orden más frecuente es vo; sin embargo si en el discurso la oración presenta un sujeto nominal explícito, entonces el orden oracional antepone el sujeto al verbo, generando un esquema svo (p. 122). Pasemos ahora de la oración a la frase. Al revisar la información proporcionada por Martínez Ortega, llama la atención darse cuenta de que el tlahuica se estructura como lengua de núcleo inicial, por lo cual no resulta extraño, en primer lugar, que se trate de una lengua de preposiciones, aunque solo tenga dos, ša, con significado de límite final ‘hasta’, y me, con significado de origen, en segundo lugar, que, en su orden más frecuente, las frases posesivas, a la que la autora llama genitiva siguiendo a Greenberg (1963), y adjetiva, se pospongan a su núcleo sustantivo, y en tercer lugar, que sus palabras interrogativas se ubiquen en la posición inicial de la oración y, correlativamente, se produzca la inversión del orden entre el sujeto y el verbo (pp. 124-126).

En cuanto a las zonas estructurales en donde se colocan las marcas formales en la lengua estudiada, la autora exhibe argumentos que le permiten sugerir que el tlahuica es una lengua con marcación escindida, o en términos de Nichols (1986), split-marking. Por un lado, el verbo, como núcleo de la oración, porta, mediante prefijos, las marcas de a y s, y mediante sufijos las marcas de o, y en la frase nominal posesiva, el sustantivo nuclear, es decir, el que expresa la entidad poseída, porta un prefijo que remite referencialmente al poseedor, en tanto que la frase subordinada que formaliza a este carece de marca. Por otro lado, las oraciones adjetivas, típicamente conocidas como relativas y dependientes de sustantivo, llevan el prefijo relativizante mi- al inicio de su oración, es decir, marcan el constituyente dependiente. Por último, ni en las frases prepositivas ni en las adjetivas se marca el núcleo, respectivamente la preposición y el sustantivo modificado, ni el dependiente, respectivamente el sustantivo regido y la frase adjetiva (pp. 128-129).

El tercer capítulo concluye con el señalamiento y la muestra, por parte de la autora, de que el sufijo que en el verbo marca al participante o, en el verbo transitivo es correferencial con el Tema, mientras que con el verbo bitransitivo es correferencial con el Receptor, relegando jerárquicamente al Tema. La conclusión parece obvia: el tlahuica es una lengua de objeto primario, afirmación concomitante con la presencia, también, de un elemento morfológico que tiene por efecto asignarle estatus argumental a un Receptor que aparezca tanto con verbo transitivo como con verbo intransitivo, transitivizándolo, y como consecuencia asignarle, en ambos casos, el carácter sintáctico de objeto primario, a saber, el aplicativo (p. 135-136).

Para entrar, a continuación, a la parte central del libro, la flexión del verbo en tlahuica, es necesario, como punto de partida, recordar que, en general, las lenguas otopames se caracterizan por poseer un elevado nivel de complejidad morfofonológica, particularmente en el ámbito de su morfología verbal, complejidad de la cual el tlahuica es fiel representante, como nos lo muestra enseguida la autora en el capítulo dos.

Un proceso fonológico que muestra la lengua es la sonorización de obstruyentes (oclusivas y africadas) cuando van precedidas por nasal. Y se puede observar que opera, trascendiendo el límite morfémico, en el caso de los posesivos de tercera persona niN- y neN-, como lo muestra el contraste entre [nipí] ‘mi panza’ y [nimbí] ‘su panza, o [natsí] ‘mi diente’ y [nendzí] ‘su diente’, por ejemplo, así como en el caso del prefijo de tercera persona singular, pretérito taN- cuando se agrega a una base verbal que inicia con oclusiva, como lo vemos, por ejemplo, en el contraste entre ‘morir’ y /tantú/ → [tandjú] ‘se murió’. Hay casos, sin embargo, en los cuales el proceso en cuestión no opera a través del límite morfológico. La sistematicidad o no del proceso en el plano transmorfémico no queda claro, por lo que hace falta más estudio al respecto.

Otros dos procesos fonológicos que operan en los límites morfémicos, son, en primer lugar, la formación de segmentos consonánticos glotales y aspirados,2 como resultado de la interacción de prefijos con consonante final obstruyente y bases verbales que inician con consonante glotal o aspirada, como en hǒli ‘buscar’: tat- + hǒlitat h ǒli ‘busqué’, o en Ɂáhti ‘pedir’: tat- + Ɂáhtitat’áhti ‘pedí’; y en segundo lugar, la simplificación de dos segmentos iguales, cuando el prefijo termina con la misma consonante con que inicia la base verbal, como en káhti ‘inclinarse’: kik- + káhtikikahti ‘te inclinaste’, o en ‘vivir’: mil- + lomiló ‘vivió’.

En relación con la estructura de la base verbal, la autora observa, como ya lo había anotado Bartholomew (1965) para las lenguas otopames, que la mayoría de las bases verbales del tlahuica están conformadas por dos sílabas (¿no sería mejor describirlas como morfos?), de las cuales la primera constituye la raíz que encierra el significado del verbo y la segunda, a la que llama, siguiendo a Bartholomew, segundo componente, conforma para las personas singulares un sufijo cuyo núcleo silábico es la vocal temática [i]. En el libro pueden revisarse las series de ejemplos de (20) a (27). Añade que no se puede identificar algún significado general o generalizable para este segundo componente, por lo que asume que históricamente ha perdido su significado y se encuentra totalmente lexicalizado, de modo que prefiere considerarlo parte de la base verbal.

En el plano suprasegmental, el tlahuica cuenta con cuatro tonos contrastivos: alto (´), bajo, ascendente (ˇ) y descendente (ˆ), y por lo general se ubican en la raíz de la palabra. En el caso del verbo, la mayor parte de las raíces verbales se caracterizan, según palabras de la autora, “por tener núcleos silábicos con una mora larga que soporta un tono ascendente” (p. 73). Sin embargo existen sufijos verbales (de plural, objeto incorporado, aplicativo y objeto) que presentan un tono alto y al afijarse lo mantienen, provocando que el tono alto o ascendente de la raíz verbal se vuelva bajo. Aquí es relevante señalar que solo sufijos del verbo pueden alterar la pauta tonal del verbo. Los restantes afijos verbales normalmente presentan tono bajo, y en el caso de los prefijos, independientemente de si están conformados por una, dos, tres o cuatro sílabas, la raíz verbal conserva la altura tonal.

Con el contexto precedente, Martínez Ortega concluye el capítulo dos llamando la atención en tres casos de fusión en la palabra verbal: uno, el sufijo de plural -hnǝ´, dos, la marca de aplicativo -p- y tres, el sufijo de valor absoluto - n . En los tres casos muestra las reglas morfofonológicas correspondientes de acuerdo con los contextos fonéticos en que se insertan dichos morfos; no las reproduciré aquí. En el caso del sufijo de plural, cuando la base verbal es monosilábica se mantiene la integridad morfológica del sufijo, pero cuando la base verbal es bisilábica y su raíz tiene tono alto o ascendente, el sufijo de plural se fusiona con el segundo componente de la base (pp. 81-85). En el caso del sufijo de aplicativo, este se introduce entre el tema verbal y el segundo componente, y sus variaciones alomórficas se explican considerando dos aspectos de la estructura silábica de la base verbal, en particular del segundo componente: uno, que las consonantes en la coda se pierden al final de palabra [así dice], y dos, que la vocal temática se hace presente únicamente para evitar la formación de un grupo CC al final de la base verbal (pp. 85-95). Finalmente, el sufijo de valor absoluto se fusiona con el segundo componente de las bases verbales bisilábicas, bajo la siguiente regla: cuando la base verbal presenta la estructura CV(C)-CV, el segundo componente se fusiona con el sufijo de valor absoluto - n , no en otro caso (pp. 95-96).

La parte fundamental del libro viene a continuación, en los capítulos 4, “Morfosintaxis básica de los verbos tlahuicas”, y 5, “Transitividad y valencia en el tlahuica”. La autora ha identificado cinco clases verbales de motivación mixta, puesto que la selección de los diferentes paradigmas de conjugación, es decir, de las cinco series de prefijos verbales está motivada por factores morfológicos, a los que se refiere como clases de conjugación, y por factores semánticos, que le permiten identificar clases verbales. Como mencioné páginas atrás, las clases verbales que la autora enumera como i y ii corresponden a la conjugación transitiva, y las clases enumeradas como iii, iv y v a la conjugación intransitiva. Los prefijos verbales portan la información tocante a tiempo, aspecto, modo, persona y número, el cual, además del singular y plural, incluye el dual, y dado que hay un paradigma flexivo por cada clase verbal, la autora asume que los prefijos del paradigma aportan también información sobre si el verbo es transitivo de la clase i o de la clase ii, o intransitivo de la clase iii, de la clase iv o de la clase v. En este punto es relevante hacer notar que Martínez Ortega, en su corpus de investigación, encuentra dos verbos transitivos cuyo paradigma flexivo no se ajusta a ninguna de las clases mencionadas. Se trata de patjɨˇ ‘traer’ (tema = inanimado) y patutsǐti ‘traer’ (tema = animado) que, en palabras de la autora, “presentan su propia pauta, la cual parece coincidir en varios prefijos con la pauta del grupo iv, aunque también incluye prefijos del grupo v e incluso presenta un prefijo compartido por las pautas transitivas” (p. 162), además de prefijos no compartidos con las cinco clases verbales mencionadas. Este comportamiento morfológico le permite sugerir que se trata de una sexta clase verbal.

El paradigma de la flexión verbal conjuga para tres personas y tres números el presente, el pasado, el futuro, el pasado imperfecto y el imperativo; además, en las clases transitivas aparece también el presente progresivo, que se conjuga exclusivamente en primera persona de singular. La autora presenta en cuadros, de manera muy minuciosa, cada uno de los paradigmas morfológicos que integran la flexión de las cinco clases verbales, y apoya su información con abundantes ejemplos en los que incluye el verbo conjugado en contextos oracionales. Y como si lo anterior no nos mostrara una ya bastante compleja flexión verbal, hay que agregar que factores como la negación y la inclusión del sentido de movimiento hacia el hablante y desde él propician que se produzcan cambios en el comportamiento prefijal de la clase a la que pertenecen las bases verbales. Pero esta es otra historia, identificada y descrita, pero no plenamente desarrollada en el texto.

En el ámbito semántico, una misma base verbal puede flexionarse siguiendo el patrón de grupos morfológicos distintos, dependiendo de si se utiliza como verbo transitivo o intransitivo, o del significado intransitivo que tenga. Este comportamiento tiene por efecto que la autora tipifique al tlahuica como una lengua de verbos principalmente equipolentes, en el sentido de Haspelmath (1993). Y esa posibilidad de intercambio de patrón flexivo para una misma base verbal es la que permite formalizar los fenómenos de disminución e incremento de valencia.

Llama la atención el hecho de que cuando la autora pretende dar cuenta de la naturaleza semántica de las clases transitivas, la i y la ii, no lo hace indicando algún tipo de significado transitivo característico de la clase, sino señalando que verbos de las clases intransitivas se vuelven transitivas si se conjugan de acuerdo con alguno de los patrones correspondientes. Dice así que los prefijos de la clase i permiten alcanzar una lectura causativa, pero luego agrega, y cito, “que no todos los verbos que siguen la pauta del grupo i tienen un sentido causativo. De hecho son pocos los verbos del tlahuica que experimentan una causativa morfológica por medio de la prefijación del grupo i” (p. 234). A continuación, del grupo ii nos dice que, cito, “se identifica por transitivizar aquellos verbos del grupo iii con sentido de voz pasiva o anticausativa y reflexivos” (p. 235), y después completa: “los verbos intransitivos con sentido de actividad del grupo iv, para transitivizarse también cambian sus prefijos intransitivos por los prefijos transitivos del grupo ii” (p. 235).

En el caso de las clases intransitivas, del grupo iii dice que es la clase en la que operan los procesos de disminución de valencia, es decir, verbos con sentido reflexivo y recíproco, pasivo y anticausativo (p. 241). Del grupo iv comenta que se trata de la clase verbal más heterogénea, pues encuentra en ella verbos activos, estativos, inergativos, inacusativos y atmosféricos, así como verbos que sufren un proceso de anticausativización, como en el caso del grupo iii, y sin ninguna motivación semántica que los distinga. Es el grupo cuyo paradigma flexivo siguen la mayor parte de los verbos intransitivos. Finalmente, del grupo v señala que se trata de la clase cuyo patrón de conjugación es el menos frecuente, y que incluye principalmente verbos de movimiento y algunos de cambio de estado (pp. 242-245).

La descripción ofrecida en el libro sobre las clases y procesos verbales del tlahuica concluye, prácticamente, con la presentación de los mecanismos de cambio de valencia. En el caso de los de reducción de valencia, Martínez Ortega anota lo siguiente. Los significados reflexivo y recíproco, así como la voz pasiva, se forman cambiando el paradigma flexivo de sus bases verbales transitivas, i o ii, al paradigma intransitivo de la clase iii, en tanto que la voz anticausativa se realiza, como ya mencioné antes, mediante el uso de los paradigmas intransitivos correspondientes a las clases iii y iv (pp. 259-263). En relación con el fenómeno de la incorporación, la autora menciona que no es un proceso productivo en la lengua. Por la lectura del texto, yo diría que es excepcional, y los ejemplos ofrecidos en el libro sugieren que cuando el objeto se incorpora al verbo, en general, una flexión transitiva de la clase ii cambia a flexión intransitiva de la clase iv, aunque un par de ejemplos muestran el cambio de la clase i a la iii (pp. 265-269). Finalmente nos encontramos la construcción oracional con valor absoluto. Se trata de una oración en la que el paciente transitivo se omite, el verbo se vuelve intransitivo, y, consecuentemente, desaparece la función de objeto. Estamos ante una construcción antipasiva, término que decide adoptar la autora a sugerencia Enrique Palancar. La antipasiva se produce agregando a la base verbal transitiva, generalmente correspondiente a la clase ii, el sufijo - n , y cambiando la conjugación verbal a la clase iv, aunque la autora encontró dos verbos de la clase i, la cual cambió a la iii con la incorporación del sufijo de valor absoluto o antipasivo (pp. 270-275).

Por último, en relación con los mecanismos de incremento de valencia, la autora se refiere a tres casos: transitivización, causativización y aplicatividad. En el caso de la transitivización, verbos que se flexionan con alguno de los paradigmas iii, iv y v, intransitivos, adquieren un valor transitivo, y por lo tanto agregan un nuevo argumento si cambian su flexión a un paradigma flexivo apropiado, es decir, de las clases i o ii (p. 275 y ss.). Por el lado de la causativización, el mecanismo más común en tlahuica es el sintáctico (o analítico en términos de la autora), mediante el empleo del verbo hǝˇ ‘hacer’, de la clase i, para expresar el evento causante, y la expresión del evento causado mediante el uso de la marca de irrealis. En los pocos casos de causativización morfológica, verbos correspondientes a las clases intransitivas se vuelven causativos si se les conjuga con el paradigma flexivo de la clase transitiva i, lo cual se confirma con el hecho de que un verbo transitivo de la clase ii se causativiza si cambia su conjugación a la de la clase i (pp. 279-283). Finalmente, por el lado del aplicativo, este se formaliza, como lo mencionamos páginas atrás, mediante los alomorfos del infijo -p(í)-, independientemente de si la base verbal es transitiva o intransitiva, y su efecto es agregar un nuevo argumento al predicado verbal, con valor de benefactor, fuente o afectado, que, a causa del aplicativo, adquirirá el estatus sintáctico de objeto primario. El verbo se conjugará siguiendo el patrón flexivo que le corresponda, según si se produce un proceso de transitivización, o bien, manteniendo su pauta transitiva original (pp. 286-288).

Como para muestra basta un botón, concluyo esta reseña reconociendo, a partir del resultado, la enorme aportación que, con su investigación, ha hecho Martínez Ortega al conocimiento de la gramática del tlahuica o pjyɇkakjó, en especial dado el hecho sabido, y recordado por ella, de que se trata de una lengua en un serio peligro de extinción. Claramente, la investigación no puede terminar donde lo ha hecho el libro. Sin embargo, sin haber sido un punto de partida, pero dada la magnitud de la información y de su análisis, el texto constituye, desde su publicación, una referencia obligada para quien tenga el interés de entrar y continuar marchando por las varias puertas abiertas que dejó la autora como vías posibles para continuar la elucidación de las reglas descriptivas que permitan configurar de manera plena la estructura, en sus diversos niveles de análisis, de la lengua tlahuica, e incluso de otras lenguas otopames.





Referencias
Bartholomew, Doris Aileen. 1965. The reconstruction of Otopamean (Mexico). Chicago: University of Chicago. (Tesis doctoral.)
Greenberg, Joseph H. 1990 [ 1963]. Some universals of grammar with particular reference to the order of meaningful elements. En Denning, Keith & Kemmer, Suzanne (eds.), On language. Selected writings of Joseph H. Greenberg, 40-70 Stanford: Stanford University Press.
Haspelmath, Martin. 1993. More on the typology of inchoative/causative verb alternations. En Comrie, Bernard & Polinsky, Maria (eds.), Causatives and transitivity, 87-120. Ámsterdam: John Benjamins. https://doi.org/10.1075/slcs.23.05has
Mallinson, Graham & Blake, Barry J. 1981. Language typology. Cross-linguistic studies in syntax. Ámsterdam: North-Holland.
Nichols, Joanna, 1986. Head-marking and dependent-marking grammar. Language 62. 56-119. https://doi.org/10.2307/415601

Notas al pie:

1.

fn1Nos dice Martínez Ortega que el tlahuica, según datos del censo del 2000, contaba en ese año con 400 hablantes entre los 65 y 80 años de edad, y que, al igual que en el caso de otras lenguas mexicanas desplazadas por el español, los hablantes de tlahuica “ya no conservan todas las formas ni las reglas de la lengua” (p. 19).


2.

fn2La autora también menciona la formación de segmentos consonánticos palatalizados cuando van seguidos por las vocales medias anteriores y altas, pero aparentemente dicho proceso no se realiza entre morfemas.


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Cuadernos de Lingüística de El Colegio de México, Año 5, Número 1, enero - junio de 2018. Esta es una publicación semestral electrónica de difusión gratuita editada por El Colegio de México, Entronque Picacho–Ajusco 20, Fuentes del Pedregal, Tlalpan. CP 10740, Ciudad de México. Contacto: cuadernosdelinguistica@colmex.mx. Editores responsables: Julia Pozas Loyo y Violeta Vázquez Rojas Maldonado. Reservas de Derechos al Uso Exclusivo núm. 04–2013–091813014400–203; ISSN 2007–736X, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Composición tipográfica: El Atril Tipográfico, S.A. de C.V. Camino al Ajusco 20, Pedregal de Santa Teresa, Tlalpan. CP 10740, Ciudad de México. Última modificación: 28 de febrero de 2018.

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