Reseña a Rodríguez Ochoa, Patricia & Gómez Marín, Edgar & Cerda González, Myriam (eds.). 1999. Compendio Xcaret de la escritura jeroglífica maya descifrada por Yuri V. Knórosov. México: Universidad de Quintana Roo y Promotora Xcaret. Tomos I, II, III, 650 pp.

Barbara Pfeiler; Alexander W. Voss

Centro Peninsular en Humanidades y en Ciencias Sociales Universidad Nacional Autónoma de México , bpfeiler@prodigy.net.mx, Universidad Nacional Autónoma de México, Centro Peninsular en Humanidades y en Ciencias Sociales, Universidad Nacional Autónoma de México, Mexico, E-mail: , Universidad de Quintana Roo nvoss.uqroo@gmail.com, Universidad de Quintana Roo, Universidad de Quintana Roo, Mexico, E-mail:

Cuadernos de Lingüística de El Colegio de México, 2018


El Compendio Xcaret reúne la valiosa contribución que realizó Yuri Knórosov a lo largo de varias décadas, encaminada al desciframiento de la escritura maya jeroglífica.

Pero, ¿cómo podemos entender el significado del término desciframiento? Según el propio Knórosov esta palabra, en el sentido más estricto, sería la reconstrucción de la lectura de los signos que conforman una escritura cuyo significado se ha olvidado o perdido. Sin embargo, habría que aclarar que la lectura no significa ni se equipara a la comprensión de un texto, pues son cosas totalmente distintas, ya que no es lo mismo leer grafías que entender su mensaje. Por tanto, en su sentido amplio, el problema de descifrar reside en el hecho de que los textos en cuestión corresponden a la escritura de lenguas que pueden haber desaparecido (como el caso del etrusco, por ejemplo), o pueden haberse conservado parcialmente en una o varias lenguas emparentadas, desprendidas de la lengua original. Para este último caso es un requisito indispensable investigar la lengua que produjo los textos que se analizan. Solamente al conjuntar la lectura estricta de los signos y el conocimiento de la lengua, es que se hace posible finalmente presentar resultados que se expresan en tres niveles distintos: la lectura propiamente, la traducción y la interpretación de los textos. Pero, además de una tarea lingüística en sí misma, el desciframiento de textos es también una tarea histórica y cultural, pues el posible carácter de la escritura puede deducirse a través del estudio de la íntima relación entre lengua y cultura.

Para entender la valiosa contribución de Knórosov hay que hacer una breve revisión de los esfuerzos que se han desplegado en el intento de descifrar la escritura maya prehispánica. Toda escritura es usada para transmitir información y los jeroglíficos mayas desde luego que no son una excepción. A lo largo de más de un milenio, desde aproximadamente el primer siglo de nuestra era y hasta entrado el siglo XVI, los mayas de América Central y México consignaron sus conocimientos culturales e históricos en una de las escrituras más complejas que se han generado. La historia de su desciframiento, todavía en progreso continuo, revela errores, falsos puntos de partida e interpretaciones fallidas; pero también registra avances, incluso derivados de los esfuerzos que no culminaron en éxito, como producto de investigaciones que implican mucha paciencia y un cierto grado de suerte. Todos estos trabajos han dado a conocer aspectos del lenguaje, la historia y la cultura de esta civilización precolombina tan importante.

Los primeros europeos que vieron los jeroglíficos mayas fueron los misioneros y los soldados españoles, pero los problemas de comunicación entre dos sistemas culturales y visiones del mundo contrapuestas fueron serios obstáculos que impidieron que el sistema de escritura fuese transmitido y registrado. Un escollo de trascendental importancia para la sobrevivencia de la escritura fue el hecho de que los religiosos católicos considerasen que a través de los jeroglíficos, los mayas representaban buena parte de sus creencias idolátricas, de manera que no solo no fue utilizada como instrumento de conversión, sino que se dedicaron sistemáticamente a destruir los textos y exterminar a cuanto letrado/amanuense llegaba a sus manos. A partir de la segunda mitad del siglo XVI la escritura maya, al ser proscrita, cayó en desuso y los escribanos nativos recurrieron casi exclusivamente a los caracteres latinos para elaborar sus textos.

Afortunadamente, antes de que desaparecieran completamente las convenciones escriturarias mayas, algunos signos fueron registrados y así entraron a formar parte de nuestro patrimonio histórico. Como todos ustedes saben, una fuente fundamental para el estudio de esta escritura la constituyen los signos jeroglíficos reproducidas en la Relación de las Cosas de Yucatán atribuida al franciscano Fray Diego de Landa. El manuscrito de Landa no se difundió durante casi 300 años y fue solamente hasta el siglo XIX, a partir de su publicación, que los jeroglíficos mayas que contenía atrajeron la atención de los estudiosos en Occidente.

A principios del siglo XIX el estudio de la escritura maya fue impulsado con la publicación realizada por Alexander von Humboldt de una parte del Códice de Dresde, aún sin saber de qué lengua se trataba (se decía que era azteca o mexicana). Más adelante dos viajeros, los investigadores Stephens y Catherwood, reprodujeron jeroglíficos mayas con una calidad extraordinaria, iniciando de esta manera el análisis de la escritura a partir de los registros plasmados en piedra. La idea que sugirió Stephens desde entonces, entre 1839 y 1842, fue que las figuras representadas en los monumentos personificaban gobernantes y los jeroglíficos recitaban la historia relacionada con ellos. Casi 120 años pasaron antes de que estas sugerencias fueran retomadas y confirmadas.

Entre los investigadores de la escritura maya cabe mencionar la destacada aportación de un clérigo francés, Brasseur de Bourbourg, quien encontró nada menos que cinco de los manuscritos claves utilizados incluso hoy día en la tarea de desciframiento.

Con el rescate de estas fuentes en la segunda mitad del siglo XIX los esfuerzos se enfocaron durante muchos años al desciframiento de los jeroglíficos calendáricos, por ser los más recurrentes e identificables. Uno de los grandes investigadores en el área maya fue, sin duda, el arqueólogo norteamericano Sylvanus Griswold Morley, quien logró convencer a la Institución Carnegie de Washington para financiar un programa de investigación sobre la cultura maya. Gracias a estos apoyos económicos fue posible que el inglés John Eric Sydney Thompson pudiera dedicarse de manera exhaustiva a la investigación de la cultura maya, en sus aspectos arqueológico, etnológico, histórico y religioso.

A pesar de que Thompson contaba con recursos ilimitados, sus contribuciones sustanciales al estudio de los jeroglíficos se limitaron a las cuestiones calendáricas (que se refleja en su introducción a la escritura maya jeroglífica de 1950). Como otros reconocidos investigadores (Eduard Seler, Paul Schellhas y Ernst Förstemann), se rehusó aceptar que los jeroglíficos mayas representasen una lengua con sus respectivos sonidos y gramática. Hasta el final de sus días basó el desciframiento y la lectura en cualquier interpretación ideográfica plausible mediante datos etnológicos y mitológicos (metafogramas) como lo demuestra, por ejemplo, su comentario al códice de Dresde publicado en 1972.

No es sino hasta que Knórosov y Tatiana Proskouriakoff (ella como miembro de la Institución Carnegie) se abocaron al trabajo relacionado con la estructura de la escritura y la construcción de los signos, que se inició una nueva era en la historia del desciframiento de los jeroglíficos mayas. Ambos lograron un avance sustantivo para la epigrafía maya, aunque tampoco les fue posible encontrar la esperada clave del desciframiento (a manera de la piedra Rosetta de Egipto).

Su aportación consistió en crear un acercamiento metodológico diferente de los anteriores, con el cual alcanzaron un éxito sin precedentes. Knórosov, después de haberse ocupado de diversas escrituras no alfabéticas (egipcia, sumeria, hitita, china, japonesa e hindúes), tenía la ventaja de estar familiarizado con el sistema que organiza las reglas de estas escrituras, lo que le fue de mucha utilidad en su intento de descifrar el código maya. Como estas escrituras (que Knórosov llama escrituras jeroglíficas) se basan en la reproducción de la lengua hablada, es decir, que se compone principalmente de signos fonéticos-semánticos (ideogramas) y fonéticos (sonidos aislados y sílabas) acompañados por determinativos, esto motivó el principio lingüístico del trabajo de Knórosov (apoyado por las indicaciones apuntadas en Landa).

En contraste, el punto de partida de Proskouriakoff era estructural basado en secuencias jeroglíficas (un acercamiento empleado con anterioridad por Hermann Beyer y Heinrich Berlin), lo que la condujo a realizar una lectura semántica basada en patrones de fechas, más no una lectura de los propios signos. De manera que mientras el primero se orientó hacia el desciframiento del sistema de escritura por los signos demostrando su carácter fonético, la segunda privilegió la semántica a través de la estructura de los textos jeroglíficos identificando gobernantes mayas. Con estos descubrimientos se rompió el tabú de que las inscripciones únicamente representaban signos calendáricos, pues se comprobó que también tenían contenido lingüístico e histórico.

Para poder evaluar en su correcta dimensión la importancia y las dificultades que enfrentaban estas orientaciones diferentes hay que tomar en cuenta que las condiciones bajo las cuales trabajaron estos dos investigadores fueron totalmente distintas. Aparte de la naturaleza de las fuentes que utilizaron (que en el caso de Knórosov se limitó casi exclusivamente a los códices, mientras que los americanos incluyendo a Proskouriakoff se ocuparon principalmente de las inscripciones) y de la distinta formación de ambos (mientras que Knórosov era historiador y antropólogo encaminado a sistemas de escrituras y lenguas, Proskouriakoff era arquitecta de formación), también los documentos con los que trabajaban diferían (según el conocimiento de aquel tiempo) en lo siguiente:

  1. - los códices que sirvieron a Knórosov como base de su estudio no corresponden al ámbito histórico y geográfico al cual se asocian las inscripciones,
  2. - el número de los signos desconocidos en las inscripciones es mucho mayor que en el caso de los códices,
  3. - los códices provienen de un tiempo relativamente más tardío que las inscripciones y de una región, la yucateca, cuyos habitantes hablan todavía la misma lengua, o una muy similar, de la de los códices, y
  4. - las inscripciones se enmarcan en la época clásica y en otras regiones, de las cuales no se conocen con exactitud los grupos lingüísticos existentes al momento de la redacción de los textos jeroglíficos y la distancia entre la lengua antigua y las lenguas actuales relacionadas es mucho mayor que para el caso de Yucatán.

Sin embargo, más que las dificultades señaladas, otros problemas incidieron para que hubiera poca comunicación entre los estudiosos de estas dos corrientes. Durante mucho tiempo no se dio a Knórosov el crédito que merecía por sus descubrimientos debido en primer lugar a las dificultades de consulta asociadas a la lengua en la que se publicaron sus resultados (el ruso) así como al clima generado por la Guerra Fría, de manera que sus reflexiones no fueron accesibles al mundo científico de Occidente. A pesar de que se publicaron traducciones al español e inglés relativamente tempranas (1953, 1954, 1955, 1956, 1958, 1965, 1967, 1982), sus aportaciones fueron desestimadas por la gran mayoría de los investigadores de la cultura maya en Occidente, debido al principio metodológico basado en el carácter fonético del “alfabeto” de Landa y porque fueron presuntamente presentadas en un lenguaje político marxista-leninista. Esto derivó en una pérdida de tiempo al generarse polémicas estériles y no el diálogo fecundo.

Pero el mayor obstáculo fue Thompson: su desdén por la antropología (aun habiéndose graduado en este campo científico en Cambridge, Inglaterra) y la lingüística (nunca adquirió conocimiento alguno en una lengua maya) impidieron un avance significativo en el estudio de los jeroglíficos. Su soberbia intelectual hizo que la comunidad académica occidental (particularmente los arqueólogos) le cediera por completo el campo de las interpretaciones de la cultura maya antigua. Así, en la tercera edición de su introducción a los jeroglíficos mayas publicada en 1971, Thompson alaba las aportaciones de Proskouriakoff, quien con su acercamiento estructural había logrado que la cultura maya se volviese histórica (siempre dejando de lado todo intento de una lectura fonética), mientras que los aportes de Knórosov son rotundamente negados. Pero más allá de la desestimación del fonetismo (Thompson también “leía” los jeroglíficos) y su postura anticomunista, su rechazo apuntaba contra la propuesta integral del estudio (en campos de investigación que él no dominaba), el método comparativo antropológico en combinación con sólidos conocimientos en lingüística e historia (tan exitosamente aplicado por Knórosov), que demostraba que la escritura maya jeroglífica no se distingue de los sistemas jeroglíficos conocidos y que permitía entrever que los mayas podían ser estudiados como cualquier otra sociedad humana (histórica y presente), una circunstancia que hubiera puesto en tela de juicio su propio planteamiento de la unicidad de la escritura maya prehispánica y, por consiguiente, de la cultura maya como tal.

Pero Knórosov no solo contó con adversarios obstinados, también halló un puño de aliados que mostraron gran interés en sus aportaciones y disintieron con Thompson. Mencionamos en primer lugar a Michael D. Coe y su esposa Sophie, ella (al igual que Proskouriakoff) de padres rusos exiliados radicados en Estados Unidos de América, quienes con la publicación de sus traducciones del trabajo de Knórosov lograron sensibilizar a mayistas y lingüistas por igual para sus importantes contribuciones a la lectura de los jeroglíficos mayas. En 1968, David Humiston Kelley, quien, al tomar partido por Knórosov, también quedó excluido del club de Thompson, logró unir los estudios fonéticos de los códices a los estudios estructurales de las inscripciones jeroglíficas al leer fonéticamente el nombre K’ak’upakal en los textos de Chichen Itzá (cuya secuencia jeroglífica ya había sido aislada previamente por Beyer) e identificarlo con el nombre de un capitán valiente de los Itzá en las fuentes coloniales escritas en lengua maya yucateca, los libros de Chilam Balam. De último, Floyd Lounsbury, lingüista y matemático de formación (con un conocimiento prolífico del calendario maya), repitió el ejercicio de Kelley y descifró el epíteto ajaw en las inscripciones mayas (1973), demostrando a la postre en conjunto con Peter Mathews, estudiante de David Kelley, que los glifos emblemas, identificados por Berlin en 1958, realmente eran títulos de gobernantes. La solidez de la propuesta fonética de Knórosov como clave para los estudios históricos de la cultura maya prehispánica a través de sus fuentes, los textos jeroglíficos, se hizo evidente.

Finalmente, estas demostraciones condujeron a la plena aceptación de la interpretación de Knórosov del “alfabeto” de Landa, quien lo calificó más bien como silabario, es decir, una colección de combinaciones de consonantes y vocales. Llegó a esta conclusión después de haber investigado estadísticamente el tipo y la frecuencia de los signos y de esa manera logró limitar el campo de sus significados genéricos (tomo I de la obra). La base de su método es el reconocimiento de reglas lingüísticas y el establecimiento de un modelo de formación de signos, que faciliten el trabajo posterior de desciframiento, apoyándose también en el supuesto de que la lengua de los códices corresponde a una variedad del maya yucateco actual. Entre sus logros de generar nuevas e importantes perspectivas en la lectura de los textos de códices, aquí incluido en los tomos II y III, quisiéramos mencionar lo siguiente: los dioses, que Schellhas solamente designaba por medio de números, vuelven, gracias a este trabajo, a tener nombres específicos; y además, los textos con temas calendáricos y mitológicos se presentan por primera vez acompañados de relaciones históricas. La epigrafía maya desarrollada a través del principio filológico de Knórosov ha contribuido, junto con la “escuela estructuralista”, a un cambio revolucionario en la valoración de la cultura maya prehispánica.

Según el propio Knórosov, sus trabajos introdujeron la lectura de tipo lingüístico como método para arribar a un nivel más alto en la interpretación de los signos de un sistema de escritura. Gracias a este principio lingüístico y a los desciframientos más recientes, las reglas de pronunciación del fonetismo reciben una mayor atención en el área de la epigrafía en general. Ahora está claro que las sílabas simplemente proveen una colección de sonidos y que ellas no nos indican los cortes morfémicos de esos sonidos. Así vemos que la lengua juega un rol crucial para la lectura e interpretación de la escritura jeroglífica maya, no solamente en lo que se refiere a los códices, sino también para el caso de las inscripciones.

Este es precisamente un resultado muy importante de los trabajos de Knórosov, y que aquí quisiéramos destacar: logró generar una mayor atención a la lengua viva de los mayas al vincularla estrechamente con sus indagaciones. Esta visión contribuyó a contrarrestar la fuerte tendencia proveniente del trabajo basado en la interpretación meramente iconográfica que constriñe y limita las investigaciones al estudio del pasado clásico de los mayas, aislándolos del mundo en que se desenvolvieron. Sin embargo, esta vinculación entre la representación gráfica y la lengua viva ha derivado en que algunos lingüistas, particularmente Floyd Lounsbury, hayan advertido la existencia de ciertos matices en la escritura que corresponderían a rasgos fonéticos de la lengua; esto aparentemente no es visible para los epigrafistas que tienen una formación muy circunscrita a la disciplina arqueológica, exhortándolos de extender su campo de investigación al estudio de las lenguas mayas y de la respectiva literatura colonial.

De este modo, volvemos a subrayar la importancia y el gran valor de la presente publicación: el “Compendio Xcaret de la escritura jeroglífica maya descifrada por Yuri V. Knórosov” hace accesible a la comunidad científica, así como a todos aquellos interesados en la cultura maya, especialmente en lo que respecta a la filología antigua, la obra completa de este destacado investigador.

Es indudable, que Yuri Knórosov se merece plenamente el mérito de haber logrado romper el enigma de la presunta ilegibilidad de los jeroglíficos mayas que se había mantenido por más de cien años. Con su propuesta metodológica redirigió el estudio de los jeroglíficos mayas al campo de la filología (el mismo consideraba la lingüística solo como una rama de esta) y la historia a través de sus propias fuentes. Pero al mismo tiempo se volvió una figura trágica de su propio contexto histórico. Aislado de la vida académica de Occidente, sus primeros y prometedores logros se vieron mermados a la postre por la falta de acceso libre a las fuentes primarias, los monumentos con inscripciones jeroglíficas, que gozaban sus colegas del otro lado de la cortina de hierro que rodeaba la Unión Soviética y sus aliados políticos.

Ya en los primeros años de su producción académica se notan propuestas de lecturas para signos individuales que resultaron fallidas (simples fallas técnicas en la ejecución de la propuesta, que Thompson sagazmente aprovechó para desacreditar el acierto metodológico). La confinación (involuntaria) de sus estudios a los códices se volvió un talón de Aquiles. Es cierto que el número de signos desconocidos en las inscripciones es mucho mayor que en el caso de los códices, pero al mismo tiempo las inscripciones muestran muchas más combinaciones de signos y, por consiguiente, un vocabulario más amplio y a la vez distinto de los códices. Particularmente, la gran frecuencia de aquellos signos que Knórosov llamó confirmaciones fonéticas (que se conocen ahora con el término de complemento fonético) y que determinan el valor del signo al que se adhieren, permite descifrar y leer fonéticamente signos que en los códices nunca aparecen con estos aditamentos.

Sus primeros aportes fueron superados al momento que su fructífera propuesta desarrolló vida propia a mano de los investigadores en Occidente, al frente los norteamericanos, una vez que Thompson había fallecido (1975). Contando con una invitación oficial, pero siendo imposibilitado por el aparato burocrático soviético, no pudo participar en aquella conferencia sobre fonetismo en la escritura jeroglífica maya, realizada en junio de 1979 en la Universidad Estatal de Nueva York en Albany, que marcó un hito sin precedentes en el desarrollo de la epigrafía maya en Occidente y cuyos resultados se dieron a conocer en 1984.

A este encuentro académico, que se conoce como la conferencia de Albany, acudieron no menos de 435 asistentes. El objetivo del congreso fue establecer las reglas para la transcripción fonética de los signos jeroglíficos, consensar el o los valores fonéticos de los signos individuales hasta este momento conocidos y propuestos (John Justeson, Floyd Lounsbury y otros) además de determinar la(s) lengua(s) que debería(n) ser considerada(s) en el proceso de desciframiento y lectura. Para aquel entonces ya se había hecho notar, que la lengua que predominaba en los textos jeroglíficos no era el maya yucateco sino un precursor de la rama de las lenguas ch’oles. Actualmente se sabe que las lenguas base de los textos son de origen ch’ol, una variante occidental y otra oriental, pero, según la región de procedencia del epígrafe, también aparecen formas del maya yucateco (en el noroeste de la península de Yucatán), del tzotzil (en la parte norte de Chiapas) y, con mucha probabilidad, del huasteco (en el Petén guatemalteco y sur de Campeche).

Por lo tanto, no sorprende que fueran los lingüistas, expertos en las lenguas mayas de las tierras mayas, quienes jugaron un papel protagónico durante el congreso. Sus trabajos se enfocaron en presentar los rasgos fundamentales de las estructuras morfológicas y sintácticas de las lenguas ch’oles (Terrence S. Kaufman, William M. Norman y Barbara MacLeod) y en resaltar la importancia de la lingüística histórica para el estudio de los jeroglíficos (Lyle Campbell), es decir, en demostrar que los jeroglíficos son evidencia lingüística que permitiría por vez primera estudiar el desarrollo de una familia de lenguas amerindias, la maya, en el tiempo mucho más allá de la temporalidad que marcaban las fuentes coloniales.

Los siguientes veinte años pueden considerarse la edad de oro del desciframiento de los jeroglíficos mayas. Las propuestas de nuevas lecturas para signos individuales surgían con tanta rapidez, que los medios de divulgación tradicionales no se daban abasto. Una gran cantidad de literatura gris en forma de cartas, que mandaban los investigadores activos en el proceso de desciframiento entre sí, o series de notas mimeografiadas (como las Notas de Copán o las Notas de Texas) divulgadas durante encuentros epigráficos (como los talleres de escritura jeroglífica maya en Austin, el Texas Workshop organizado por Linda Schele), hacían la ronda. Pero más allá de la búsqueda de nuevos desciframientos, los estudios epigráficos también se dedicaron a la reconstrucción de la estructura de los textos jeroglíficos y la identificación de sus componentes. Basado en diccionarios y gramáticas coloniales, empezó el análisis sistemático de las formas verbales, pero también de la sintaxis. En las frases nominales se detectaron giros lingüísticos como las coplas, típicas del discurso ritual, plegarias y oratoria en las lenguas mayas vivas (Lounsbury). Finalmente, se abordó la organización interna de textos completos mediante el análisis de discurso (Kathryn Josserand y Nicholas Hopkins).

Las nuevas lecturas en combinación con el análisis estructural de los textos abrieron la puerta a un mundo que parecía perdido. Las inscripciones empezaron a hablar de los ajaw o gobernantes (quienes indudablemente tenían el papel protagónico), de sus familias y linajes (incluyendo la veneración de sus respectivos dioses tutelares y ancestros), matrimonios, alianzas y guerras, la consagración de edificios y de los mismos monumentos con inscripciones jeroglíficas, todo acompañado de actos rituales. Los textos recuperados de entierros y aquellos aplicados a vasijas de cerámica (la vasta mayoría saqueadas pero de presuntos contextos funerarios) dieron acceso a las creencias sobre la vida después de la muerte y los way, seres familiares o existencias simultáneas, acompañantes unidos al destino de su poseedor (quizá mejor conocidos como naguales). El calendario pasó a segundo término (en cuestiones gramaticales representa meramente un adverbio de tiempo).

Knórosov, quien había desencadenado esta avalancha, parecía haber caído en el olvido. El reconocimiento oficial de sus logros fue posible gracias a la política de glasnost y perestroika que abrió la Unión Soviética al mundo occidental. A fines de 1990 Knórosov, en compañía de su discípula Galina Yershova, viajó a Guatemala, para recibir una medalla de honor y visitar, por primera vez en su vida, las tierras mayas. En 1994 el gobierno mexicano le otorgó la Orden del Águila Azteca, la más alta distinción otorgada por México a extranjeros, en una ceremonia en la Embajada de México en Moscú. En mayo de 1995 fue invitado del Tercer Congreso Internacional de Mayistas en la Universidad de Quintana Roo, Chetumal. En esta ocasión se le hizo un emotivo homenaje en el Congreso del Estado de Quintana Roo.

A partir de entonces, la universidad sede del congreso había empezado a gestionar la publicación en español de la obra completa de Knórozov. Lamentablemente, el autor nunca tuvo la oportunidad de verla concluida. Yuri Valentinovich Knórosov, el científico que logró romper el código maya, murió el 30 de marzo de 1999 en la ciudad de San Petersburgo, cuando el Compendio Xcaret de la escritura jeroglífica maya estaba listo para irse a la imprenta.

Con su defunción, también los estudios de los jeroglíficos mayas parecen haber perdido el rumbo al que se habían encauzado con la optimista y programática conferencia de Albany. Quien lee con detenimiento el planteamiento metodológico de Knórosov, se percatará que se trata de una propuesta de largo alcance. Knórosov habla en todo momento de la filología, la ciencia de los textos escritos, y no solamente de lingüística. Para él, la lectura de tipo lingüístico (el fonetismo y la gramática) como método es apenas el primer paso para lograr un nivel más alto en la interpretación de los signos de un sistema de escritura. La filología se vale de un conjunto de métodos de literatura y lingüística en conjunción con los de investigación histórica, con el objetivo de reconstruir el sentido original de los textos con el respaldo de la cultura que los sustenta, es decir, la comprensión plena de los jeroglíficos mayas se logra cuando se logra entender el mensaje de los textos en su propio contexto cultural como manifestación de la cultura que los produjo.

La epigrafía actual (llámese escuela norteamericana) parece haberse estancado en el primer nivel del planteamiento metodológico de Knórosov y está en vías de crear su propio encierro: siendo la cultura maya la única que durante la época clásica (250-1050 d.C.) se valió de una escritura fonética, sigue siendo hasta la fecha la única cultura prehispánica en todo el continente americano que permite vislumbrar el pasado prehispánico de primera mano (por mas incompleto y selectivo que fuera y sin interferencia de la cultura europea), un hecho, que ha vuelto a acrecentar el postulado de la unicidad de la cultura maya que Thompson tanto atesoraba. El vasto acervo de información que proporcionan los textos mayas prehispánicos es, sin lugar a duda, inigualable.

Pero olvidarse de las lecciones básicas del trabajo de Knórosov tiene su precio. Knórosov subrayó que en el sistema de escritura jeroglífica (vistos en su conjunto), los signos fonéticos señalan solo aproximadamente cómo han de ser leídos, es decir, ningún sistema de escritura es realmente completo y no logra captar visualmente cada rasgo de la lengua hablada. No obstante esta advertencia, los últimos veinte años se ha trabajado en el desciframiento de los jeroglíficos mayas con propuestas que plantean la reconstrucción fonológica exacta de los textos jeroglíficos, particularmente del sistema vocálico (David Stuart, Stephen D. Houston, John Robertson, Alfonso Lacadena y Søren Wichmann), y que gozan de gran aceptación.

En la práctica se lleva a cabo la reconstrucción de vocales largas y reiteradas en todos los textos jeroglíficos disponibles basándose para ello en las fuentes coloniales (cuyo registro de las lenguas mayas dista entre 600 y más años de los textos jeroglíficos) desestimado el desarrollo histórico de las lenguas mayas representadas en los epígrafes y dejando de lado también la contradicción que esto genera con la reconstrucción vigente del árbol de la familia de las lenguas mayas. Se deduce de las reconstrucciones vigentes que el proto-maya, la hipotética lengua original de todas las lenguas mayas, debía haber poseído vocales tanto largas como cortas. Sin embargo, el proto-ch’ol resultante habría de conservar solo las vocales cortas y se supone que la escritura jeroglífica fue adoptada por los hablantes de las lenguas ch’ol solo después de la separación de aquellas lenguas mayas con vocales largas y reiteradas. No existe, por lo tanto, razón para asumir que los amanuenses hayan tenido la necesidad de reproducir vocales que no sean cortas.

A pesar de la complejidad de los procedimientos que requiere la epigrafía maya para lograr lecturas acertadas de los signos jeroglíficos, no es una ciencia. Es, en esencia, una ciencia auxiliar, cuyo principal objetivo es la facilitación y preparación de los datos (los textos jeroglíficos) para su posterior interpretación. Por sí misma no posee el aparato metodológico para dar respuestas a planteamientos e hipótesis u ofrecer interpretaciones al contenido de los textos que resultan de nuevas lecturas. La lingüística (histórica) le ha proporcionado el marco referencial para la recuperación de la(s) lengua(s) codificada(s), pero sus resultados, particularmente las reconstrucciones del vocabulario y el presunto desarrollo histórico de la familia lingüística maya (basado hasta la fecha en fuentes coloniales y modernas), han sido instrumentalizados por la epigrafía maya y sus representantes, cuando lo inverso debería ser el caso.

En cuanto a las temáticas que cubren los textos se requiere una guía metodológica sólida para planteamientos de índole social, cuestiones políticas, económicas y en el ámbito religioso desde sus respectivos campos científicos. Aunque algunos aspectos parecen ya satisfactoriamente cubiertos en la actualidad, permanecen lagunas que necesitan ser atendidas con el necesario rigor científico.

El bagaje histórico acumulado por las investigaciones en historia del arte sobre la cultura maya (particularmente en la época pre-fonética) se ha mantenido firme ante una imperiosa y necesaria revisión de los contenidos, los enfoques metodológicos y la nomenclatura. La historia del arte sigue siendo hasta la fecha el motor de las interpretaciones de la cultura maya (ahora secundada por la epigrafía y la lingüística), pero no aporta ninguna metodología que permita adentrarse en los ámbitos social, político, económico y religioso.

Es imperante ubicar la epigrafía maya donde realmente pertenece: en el campo de la filología (desciframiento y lectura) e historia cultural (interpretación y comprensión). En este sentido también lo entendió y planteó Knórosov. Para él los textos jeroglíficos mayas fueron un estudio de caso que le permitió demostrar la regularidad con que el pensamiento humano crea soluciones similares en contextos parecidos.

Métricas de artículo

Vistas Resumen.
Número total de vistas al resumen de este artículo.
a description of the source 83
Esta revista








Cargando métricas ...

Metrics powered by PLOS ALM

Enlaces refback

  • No hay ningún enlace refback.


Cuadernos de Lingüística de El Colegio de México, Año 5, Número 1, enero - junio de 2018. Esta es una publicación semestral electrónica de difusión gratuita editada por El Colegio de México, Entronque Picacho–Ajusco 20, Fuentes del Pedregal, Tlalpan. CP 10740, Ciudad de México. Contacto: cuadernosdelinguistica@colmex.mx. Editores responsables: Julia Pozas Loyo y Violeta Vázquez Rojas Maldonado. Reservas de Derechos al Uso Exclusivo núm. 04–2013–091813014400–203; ISSN 2007–736X, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Composición tipográfica: El Atril Tipográfico, S.A. de C.V. Camino al Ajusco 20, Pedregal de Santa Teresa, Tlalpan. CP 10740, Ciudad de México. Última modificación: 28 de febrero de 2018.

El contenido de los artículos publicados es responsabilidad de cada autor y no representa el punto de vista de El Colegio de México. Se autoriza cualquier reproducción parcial o total de los contenidos o imágenes de la publicación, incluido el almacenamiento electrónico, siempre y cuando se cite invariablemente la fuente sin alteración del contenido y dando los créditos autorales.

Licencia Creative Commons Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional.